Puede que ya sepas de dónde viene. Lo hablaste, lo entendiste, hasta puedes explicar con lujo de detalle por qué reaccionas como reaccionas. Y aun así, cuando pasa algo parecido, tu cuerpo responde igual que siempre: el pecho apretado, las piernas temblando, la cabeza en blanco. Si entenderlo bastara, eso no pasaría. Entonces, ¿el trauma vive solo en tu mente?
Los límites de la cura del habla
Freud, el padre del psicoanálisis, proponía hacer consciente lo inconsciente para que el paciente mejore. Creía en la cura del habla: recordar y poner en palabras lo que pasó traería el insight necesario para integrar la experiencia. Durante buena parte del siglo XX, esa fue la manera de abordar el trauma.
El problema es que esto no está en línea con lo que propone la investigación actual. Como explico en No todo es trauma: la diferencia entre trauma y trigger, según los criterios de Karen Saakvitne que retoma Janina Fisher, el trauma es algo que sobrepasa tu capacidad de procesar. Si el trauma rompe justamente esa capacidad, ¿tiene sentido que la solución sea “procesarlo” solo con la mente?
Ahí el enfoque tradicional empieza a mostrar sus límites. Hablar sigue siendo importante, pero activar recuerdos traumáticos sin tener los recursos para sostenerlos puede ser contraproducente, sobre todo cuando la activación es muy alta. No es algo que se resuelva de manera intelectual, solo discutiendo la historia y la raíz.
Lo que pasa en tu cerebro
Durante un evento traumático, la amígdala toma el control. Es el centro emocional del cerebro, funciona como una alarma de incendios y se encarga de codificar las emociones fuertes. Cuando se dispara, la actividad en la corteza prefrontal disminuye.
Uno de los estudios más citados sobre esto es el de Scott Rauch, Bessel van der Kolk y su equipo, publicado en 1996 en Archives of General Psychiatry. Escanearon el cerebro de personas con estrés postraumático mientras escuchaban un relato de su propio trauma. Encontraron más actividad en zonas emocionales y una caída marcada en el área de Broca, la zona del lenguaje. Van der Kolk lo llama terror silencioso: lo que viviste se puede quedar literalmente sin palabras.
Ojo, esto no significa que la amígdala solo se active en el trauma. En los recuerdos normales también participa. Por eso, si te acuerdas de un nevado en Huaraz, recuerdas también el frío, la emoción y el ambiente, y no solo la imagen. La diferencia es que en el trauma la amígdala toma el control y la corteza prefrontal se apaga.
Cuando el pasado se siente como presente
Cuando recuerdas algo, la corteza prefrontal ordena la experiencia: le da una estructura coherente, la integra con el resto de tus recuerdos y te permite contarla como una historia. Si durante el trauma esa parte estaba apagada, el recuerdo se guarda sin ese orden. Queda más como un aprendizaje implícito: sensaciones, emociones, un olor, un sonido, tensión en el cuerpo.
Por eso los recuerdos traumáticos suelen ser difusos, y por eso recordar con precisión no siempre es posible, ni siquiera útil. Estás intentando ordenar con lógica algo que, por definición, no se guardó de forma lógica.
Janina Fisher explica que la memoria implícita tiene más peso emocional que la memoria declarativa, y que no puedes escoger cuándo aparece. Se activa con estímulos externos y muchas veces no la reconoces como recuerdo, sino como presente. Sientes lo mismo que sentiste en ese momento, pero crees que es lo que está pasando ahora. Y si no la reconoces como recuerdo, terminas absorbiéndola como parte de tu personalidad: “soy inseguro”, “soy agresivo”.
El cuerpo también habla
Si el trauma tiene efectos somáticos, y por lo general los tiene, ante situaciones parecidas tu cuerpo va a reaccionar antes que tu razonamiento. Esa reacción interfiere con qué tan lógicas son tus decisiones y tu manera de ver lo que está pasando. Una preocupación sostenida puede terminar en una tembladera de piernas o en una condición psicosomática.
Lo contrario también es cierto, y esta es la parte que más me interesa. Si el cuerpo puede activar a la mente, también puede calmarla. No es una relación de una sola vía, es una conversación constante entre ambos sistemas. Van der Kolk desarrolla esta idea en "The Body Keeps The Score", uno de los libros más conocidos sobre trauma. Si te interesa el tema, es un buen punto de partida.
Tratar la herida donde vive
Si el trauma vive y se regula en el cuerpo, tiene sentido que su tratamiento ya no dependa solo de hablar. Enfoques como la Psicoterapia Sensoriomotora, de Pat Ogden, y el EMDR integran el cuerpo directamente en el proceso terapéutico. No como complemento, sino como parte central.
La evidencia sobre el EMDR es sólida. Desde 2013, la Organización Mundial de la Salud lo incluye entre los tratamientos recomendados para el estrés postraumático, junto con la terapia cognitivo conductual centrada en el trauma. Un metaanálisis publicado en 2024 en Psychological Medicine, liderado por Simonne Wright con datos individuales de 346 pacientes, no encontró diferencias significativas entre el EMDR y otras terapias psicológicas para el estrés postraumático. No es una técnica mágica, pero está a la altura de los tratamientos con mejor respaldo que tenemos.
Y lo digo también desde lo personal. El EMDR me ayudó en mi propio proceso de terapia a lidiar con muchos traumas. Me permitió sentir mucho de lo que bloqueaba y procesar esas sensaciones físicas para poder integrarlas. También me abrió la mente a la relación real entre mente y cuerpo, porque la viví. Por eso hoy trabajo tanto con las señales del cuerpo en consulta.
Entonces, ¿el trauma vive solo en tu mente? No. Se aloja también en tu cuerpo, se guarda en una memoria que no siempre tiene palabras y se puede regular desde ambos lados. Mente y cuerpo no son dos sistemas peleando por el control, son un solo sistema que se puede entrenar en cualquiera de las dos direcciones.
Referencias
Fisher, J. (2017). Healing the fragmented selves of trauma survivors: Overcoming internal self-alienation. Routledge.
Ogden, P., Minton, K., & Pain, C. (2006). Trauma and the body: A sensorimotor approach to psychotherapy. W. W. Norton & Company.
Rauch, S. L., van der Kolk, B. A., Fisler, R. E., Alpert, N. M., Orr, S. P., Savage, C. R., Fischman, A. J., Jenike, M. A., & Pitman, R. K. (1996). A symptom provocation study of posttraumatic stress disorder using positron emission tomography and script-driven imagery. Archives of General Psychiatry, 53(5), 380-387.
Saakvitne, K. W., & Pearlman, L. A. (1996). Transforming the pain: A workbook on vicarious traumatization. W. W. Norton & Company.
Van der Kolk, B. A. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.
World Health Organization. (2013). Guidelines for the management of conditions specifically related to stress. World Health Organization.
Wright, S. L., Karyotaki, E., Cuijpers, P., Bisson, J., Papola, D., Witteveen, A., Suliman, S., Spies, G., Ahmadi, K., Capezzani, L., et al. (2024). EMDR v. other psychological therapies for PTSD: A systematic review and individual participant data meta-analysis. Psychological Medicine, 54(8), 1580-1588.
