En casi todas las familias hay alguien al que todos llaman cuando algo se rompe. El que presta la plata, el que acompaña a la clínica, el que escucha a las 2am, el que resuelve. Si estás leyendo esto, probablemente sabes quién es en la tuya. Y puede que seas tú. La pregunta que casi nadie le hace a esa persona es simple: ¿quién te sostiene a ti?
Lo que se queda cuando escuchas
En ¿El trauma vive solo en tu mente? hablé de cómo mente y cuerpo funcionan como un sistema de ida y vuelta. Ese mecanismo no se queda dentro de una sola persona. Cuando escuchas de forma repetida el dolor de alguien cercano, tu propio sistema nervioso hace el mismo baile. Absorbes parte de su activación, aunque a ti no te haya pasado nada.
Karen Saakvitne y Laurie Anne Pearlman le pusieron nombre a esto en terapeutas que trabajaban con sobrevivientes de trauma: trauma vicario. Describieron cómo, después de acompañar mucho dolor ajeno, cambia la manera en que una persona ve el mundo, a los demás y a sí misma. El mundo se vuelve un lugar más peligroso, la gente menos confiable, el descanso más difícil.
El concepto nació para describir a profesionales. Pero el mecanismo no revisa tu título. Lo vive la mamá que sostiene a un hijo en crisis mientras trabaja y lleva la casa. Lo vive el proveedor que carga con las deudas y con el miedo de toda la familia. Lo vive el hijo mayor que, sin que nadie lo decidiera, se volvió el que resuelve todo en un hogar disfuncional.
Fatiga de compasión
Charles Figley, uno de los pioneros en este campo, acuñó el término fatiga de compasión para describir el desgaste de quienes acompañan a personas que sufren. Más adelante, Beth Hudnall Stamm lo dividió en dos componentes que vale la pena distinguir.
El primero es el burnout: el agotamiento físico, mental y emocional que viene de una carga sostenida en el tiempo. Es el cansancio que no se va con un fin de semana. El segundo es el estrés traumático secundario: síntomas parecidos al estrés postraumático, pero por lo que viviste a través de otro. Imágenes que vuelven, estar en alerta sin motivo claro, evitar ciertos temas o lugares.
Lo que me parece importante es que ninguna de las dos significa que seas débil o que no estés hecho para sostener a otros. Es el mismo mecanismo neurobiológico que funciona en cualquier persona. Si tu sistema nervioso está expuesto al dolor de forma constante, va a reaccionar. No hay que tomarlo como un defecto de carácter, es algo que se espera.
Por qué no lo ves venir
Quien sostiene a otros casi nunca nota cuándo empieza a desgastarse. Primero, porque no hay tiempo: siempre hay algo más urgente que tu cansancio. Segundo, porque las señales son sutiles. Te vuelves más irritable, disfrutas menos de lo que antes te gustaba, sientes que todos te piden y nadie te pregunta. Y cuando lo notas, aparece la culpa: ¿cómo voy a estar cansado si los que la están pasando mal son ellos?
Hay algo más profundo. Con el tiempo, el rol se vuelve identidad. Como en el caso de Diego en Lo que crees que es tu personalidad puede ser un recuerdo, una estrategia que funcionó se convierte en “así soy”: soy el fuerte, soy la que no se quiebra, soy el que no necesita nada. Y si eso es quien eres, pedir ayuda se siente como dejar de ser tú.
Muchas veces ese rol también tiene historia. La persona que hoy sostiene a todos suele ser la que aprendió de niña que sus necesidades podían esperar, porque había algo o alguien más urgente. Sostener se volvió su manera de estar a salvo y de ser querida.
Sostener sin desaparecer
No se trata de dejar de sostener. Querer cuidar a los tuyos no es el problema, es parte de lo que te hace quien eres. La pregunta es otra: en todo eso que sostienes, ¿hay espacio para ti?
En mi profesión esto no es opcional. Los terapeutas que trabajamos con trauma necesitamos supervisión, límites en la carga que asumimos y nuestro propio proceso de terapia. No porque seamos frágiles, sino porque sabemos que nadie es inmune a la sobrecarga emocional, ni siquiera quien la entiende. Si a quien conoce el mecanismo le cuesta, imagínate a quien nunca escuchó hablar de él.
Fuera del consultorio, eso se traduce en cosas simples pero difíciles: liberar la tensión que acumulas después de un día cargado, decir que no de vez en cuando sin dar mil explicaciones y tener al menos un lugar donde tú seas el que habla. Las herramientas de Tu ventana de tolerancia sirven igual para ti que para la persona a la que acompañas.
Quizás lo más difícil sea aceptar que cuidarte no le quita nada a nadie. Al contrario, es lo que permite que puedas seguir sosteniendo sin romperte en el camino.
Entonces vuelvo a la pregunta del inicio: ¿quién te sostiene a ti? Y si la respuesta tarda en llegar, ¿qué te dice eso?
Referencias
Figley, C. R. (1995). Compassion fatigue: Coping with secondary traumatic stress disorder in those who treat the traumatized. Brunner/Mazel.
Saakvitne, K. W., & Pearlman, L. A. (1996). Transforming the pain: A workbook on vicarious traumatization. W. W. Norton & Company.
Stamm, B. H. (2010). The concise ProQOL manual (2.ª ed.).
